2019

El tiempo es lo más valioso que poseemos.

 

Con la vida nueva.

Bendita la década de los ochenta que albergó la premier de mi venida a este mundo, ella ha sido testigo mudo de cómo me he ido curtiendo a lo largo de su devenir. Me han curado heridas de rodillas y codos con mercromina, que al tiempo decidieron que era tóxica, he merendando pan con aceite y azúcar, cuando todavía el azúcar era un placer socialmente aceptado, no un mal a erradicar; y por supuesto, jugué en la calle, una tarde tras otra sin ningún dispositivo que me localizase. No sé como aún respiro, llamadme Milagro.

En pocos meses, esta hija superviviente del chándal con parches, entra en los cuarenta. En teoría, antes de que empiece la época de la chancla, cruzo el ecuador de mi existencia. Atendiendo a tal prodigio y a mi condición de moderna-espiritual-jaricrisnah (mamarracheo y chuminás) preparándome estaba para una eventual crisis existencial… problemas del primer mundo que no te matan pero no te digo lo que consumen.

No me había dado tiempo a alinearme en prevención de la catástrofe, cuando la VIDA, me ha enseñado sus fauces y sin compasión, de un zarpazo certero, me ha hecho MAYOR en una sola mañana. Mientras caía del golpe, aún aturdida me ha susurrado al oído:


“Ahora te toca saltar sola y sin red, bonita”

Yo estaba preparada para lo que ME pudiera pasar y resulta que lo importante NOS está pasando SIEMPRE.

La lección ha sido cruel e injusta, me ha condenado a la ausencia perpetua del hombre que más y mejor me ha querido. ( Qué difícil la competencia para quien viene de fuera cuando en tu casa te quieren así ). No obstante y mal que me pese, es innegable que la lección ha sido EFECTIVA.

En un abrir y cerrar de ojos me ha hecho absolutamente consciente de que lo más valioso que poseemos es el tiempo. Decía el sabio José Luís Sampedro que el tiempo no es oro, que el oro no tiene ningún valor, que el TIEMPO ES VIDA…
Esta vida, que tanto nos da y tanto nos quita, no viene con fecha de caducidad predeterminada, la única condición para abandonarla es estar vivo, no discrimina.

Ante mi y tras el huracán que me ha arrasado, ha aparecido con total nitidez la necesidad de emplear mi tiempo, mi vida; en Mi y en los Míos, en quienes me quieren aún cuando a mi me cuesta hacerlo, en quienes opinan sin miedo pero sin juicios; en quienes me abrazan más que el cuerpo, el alma; en aquellos que me acompañan hasta cuando no soy mi mejor versión. Básicamente en quienes amo y me aman (bien).

Es una cuestión de higiene emocional rodearnos de AMOR, así en mayúsculas, sin dosificar, sin escondites, sin ego, abiertos en canal y es que el amor a medias tiende a la mediocridad, termina hiriendo.

Todos nos merecemos todo y todo bueno, hoy y siempre. A este mundo hemos venido a ser felices y no hay que temer apostar por la felicidad, el éxito es viable. Esto no es un Valle de Lágrimas, y si acaso, es de lágrimas de risa; el sufrimiento no nos hará libres, nos esclavizará y no nos hará eterna esta vida, sino peor. Ya lo de pasar a “mejor vida” para referirse a la muerte de una persona debería estar catalogado como delito.

La vida es un viaje tan fascinante como trepidante, requiere de mochilas ligeras y de un enamoramiento pleno. Hay que amarla como se ama a un hijo, por encima de cualquier eventualidad. Hoy le doy las gracias por el maravilloso regalo de rodearme de hombres medicina, libres y buenos. Y aunque no pueda aún mirarla sin reticencias, mi amor es fiel.

Para quien siempre me sostuvo.