2019

Agosto en la ciudad: Sitio para aparcar, tiempo para pensar, morir de risa.

Mi ciudad, de naturaleza incandescente, se vacía en agosto, se vuelve transitable y se llena de huecos por donde el día a día consigue avanzar por atajos invisibles el resto del año. Nos permite hacer todo más ligero, más liviano, nos da la posiblidad de la vida más tranquila.
Se dividen en número los atascos, se multiplican los aparcamientos, la carga de trabajo es la misma pero el hecho de llegar sin salir una hora antes y no dar chococientas vueltas para dejar el coche, te hacen llevarlo con un ánimo renovado. Yo ni siquiera me veo abocada a reprocharle al señor que me encuentro todas las mañanas saltándose el ceda el paso de la rotonda de debajo mi casa, que no respete el dichoso triangulito. No juro en arameo, ni para fuera ni para dentro, el insulto se diluye…tengo tiempo para llegar… (y sus ancestros estarán hasta la peineta de que me acuerde de ellos, al igual que determinada prole bíblica).

La vieja villa se vuelve más humana, estamos alejados de las masas playeras, del olor irreverente a crema solar inundándolo todo, puedes ir a cenar donde nunca hay sitio sin reserva con días de antelación, y sin duda, lo más atractivo: las agendas se vacían y se dan encuentros que en época escolar requieren de un arduo trabajo de encaje (hasta he pensado hacer dos bases de datos, una para amig@s y otra para amantes, de manera que el día que haya coincidencia horaria me llegue un aviso al móvil). El sudoku social se simplifica, y hasta se soluciona de un modo absoluto, hallando el número del tiempo propio, ese que se necesita para el viaje más necesario, el interior.

Agosto ralentiza el ritmo, y como si volviese al tiempo de ir a todos sitios importantes andando, me permite zambullirme a diario en la piscina del amor, que está en MI CASA, mi casa, con MI GENTE, el sitio donde volver, donde me pongo dorada y me siento segura. Quedar con quien me cuesta horrores coincidir y conocer a personas que en lo trepidante de otro mes sería diametralmente imposible.

Hoy he conseguido comer con Laporra, la mujer medicina, allí me he plantado yo, creyendo que moriría de exigente, de exagerada o de sobredosis de drama…y ella que me conoce mejor que yo, me ha mostrado claramente que lo haré de risa y de vieja, a la vez (lo de rodeada de gatos es una obviedad). Mantiene que el año empieza en Septiembre, y esta teoría en nosotras se confirma sin género de dudas, yo los propósitos de enmienda y los proyectos, tanto vitales como laborales los fraguo en Agosto. Ains, ya lo decían los Pata Negra…Sevilla, Sevilla, de vacaciones…

Aquí dejo este post que he quedado en Casa Paco con dos amigas, que entre las tres no cubrimos la agenda de Trump, Kim Khardasian y La Rosalía, y agosto ha obrado el milagro y vamos a arreglar (nuestro) mundo durante un ratito, que no sabemos cuando conseguiremos salir del laberinto (grande Bowie) y reunir de nuevo al aquelarre.

Para Ángeles, que despegó en Agosto, para El Gran Viaje.

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