2018

Viajar y viajar con niños. Farmacopea contra el “cuánto falta”.

Una vez al año y por estas fechas, nos vamos, en modo tribu, toda mi  familia y yo de viaje. Nuestros destinos no suelen ser típicos, a pesar de contar con unos cuantos vástagos, no solemos ir a lugares especialmente pensados para niños, (no playa, no parques temáticos) y si, eso dice mucho de nuestra falta de instinto de supervivencia.

Durante los primeros años que empezamos a practicar esta sana costumbre, nosotros, felices culturetas, íbamos ligeros de equipaje y libres, de movimiento y pensamiento, incluso en alguna ocasión se dió el caso de no  lanzarnos cuchillos al cuello en ninguna comida ni dedicarnos un mísero resoplido. Qué poco valoramos en ese momento no levantarnos de la mesa 200 veces…

Y el tiempo siguió su inexorable avance, de manera que comenzamos a emparejarnos (luego nos desemparejamos, que hay que cumplir la estadística) y reproducirnos…nos reproducimos tan bien que  ahora lo único que nos falta es el kit de:  cabra, escalera y organito; lo demás lo llevamos todo, TO-DO. Allí que vamos en caravana, cuál feria de barraca, la huída del pueblo judío de Egipto se queda en anécdota, excursión de merendero si acaso.

Nosotros éramos objetivamente monísimos, modernísimos, muy  guays…  Y ahora nos abren el paso con cara de espanto pidiendo al cielo que no nos sentemos cerca, somos la nueva versión de las expediciones de Atila y los Hunos, aunque ciertamente damos más miedo que ruido. Ruido…cómo seres tan pequeños pueden generar tanto ruido, a veces resulta tan atronador oírles que no sé si sentarme en otra mesa con cara de “vaya panda, no los conozco” o dejarme caer cual Ofelia y hacerme la muerta. (Si vais a llamar a algún cuerpo para que me salve por favor que sea el de bomberos).

Capituló importante: LA MALETA …aún recuerdo con nostalgia aquellas ligeras mochilas, desde hace años maleta ya no es nunca un sustantivo en singular, tienes una maletita  para ti, otra para el/la descendiente (Reverte me odiará y dejará de seguirme); llena, muy llena de ropa por si se mancha, porque joder cuánto se mancha;  una bolsa para juguetes, otra para las medicinas (ponerse malito fuera de casa, clásico) y dos vacías por si vomita, ¡qué bien se vomita un niño encima! principalmente cuando está lo más lejos posible del hotel.

Del viaje en coche hasta llegar a destino no voy a hablar en este post, lo tengo demasiado reciente y se me hace bola, no lo he digerido aún, a estas alturas todavía me crea desazón. No sé si necesitaré tratamiento farmacológico para superar el trance.

Mañana será otro día, espero no tener que intervenir en ningún conflicto del  tipo:  te agarro del pelo, te robo un lápiz y/o te lanzo un moco. Cabe la posibilidad de que tenga también que  verme obligada a mediar entre amenazas de no volver a jugar juntos (eso sería un drama real, a ver qué hacemos con el rebaño disperso) y/o de dejar de ser primos, que la verdad es algo que Mendel dejó claro que era imposible haciendo cruces de guisantes. No obstante,  nos va tela la aventura así que ya está en el horno el viaje del próximo año, que tendrá lugar si logramos sobrevivir a éste.

 

 

 

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