2018

Oye, qué delgada! ¿comes poco? No, cago mucho.

A estas alturas y habiendo escuchado el título de esta entrada no sé cuántas veces, me he planteado cuanta dualidad injusta provoca el protocolo del buen gusto social. A la vista está que se acepta que cualquier persona, poniendo como excusa tu aspecto físico, te pregunte por la cantidad de comida que ingieres, sin embargo y a pesar de lo impertinente de la cuestión se considera grosero contestar sobre la cantidad de comida que defecas. Vamos a ver, usted pregunta por mis hábitos alimenticios y yo le respondo desde mis más absoluta realidad: “pues mire lo de comer no sabría valorarlo pero cagar, cago bastante, no sé si eso colma o al menos calma su curiosidad”.

Lo de hablar de caca y todo lo referente a la cloaca humana es un tema tan tabú…no es propio de gente fina, ¡oh, es de mal gusto!, de mal gusto es hacerme creer que valgo por lo que peso, cagar es necesario, es real y mola una barbaridad poderlo hacer en privado, desde que soy madre tiene un valor añadido. Estadísticamente hay un 50% de mis visitas al Sr. Roca que vienen acompañadas de un público entregado, el otro 50% es un momento de total liberación, aligero equipaje, veo Facebook, petardeo con mis amigas y echo un ojo a algún blog. Puedo afirmar y afirmo que no son pocos los días donde mi relación con el mundo adulto se reduce a ese momento.

Deberíamos aprender de cómo los niños se comportan con este hecho biológico, mi hija por ejemplo, en mitad de una cena como quien da primicia de un hecho histórico de magna solemnidad soltó: “¡hoy he hecho caca verde!”, que me río yo del anuncio de la boda de Lady Di y del príncipe Charles, y allí se quedó más ancha que larga, sus enormes ojos abiertos me gritaron: “soy lo suficientemente mona como para que esto no tenga consecuencias” (esa mirada la tiene muy trabajada, está en nivel experto). Efectivamente no tuvo consecuencias para ella, eso sí, provocó una carcajada generalizada en todos los que estábamos en la cena.

A mí no me sorprendió, mi descendiente es muy dada a dar información sin ningún tipo de filtro, como decir en la puerta del colé que yo estoy siempre desnuda o que el padre de un compañero de clase dice que estoy muy buena, así, sin preámbulos, de sopetón. Es más, hace unos días en una tienda contó a la señora que  trabajaba allí que su madre (yo) no le daba de comer, con la misma mirada trabajada de la cena; la buena mujer que también deber ser madre reaccionó diciéndole: “eso lo hacemos todas las madres”, que acompañada me sentí.

Tras analizar todos estos hechos me da a mí que no debo ser muy fina ni muy elegante, porque me muero de la risa con un chiste de caca o de pedos, o de ambos interactuando. Soy una ordinaria y ME ENCANTA, me río y me divierto tanto, que no albergo la mínima intención de mudarme al Lado Dorado, o quizás sería más preciso llamarlo gris.

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